miércoles 29 de junio de 2011

JAVIER ADÚRIZ

Javier Adúriz, poeta argentino nacido el 16 de abril de 1948 en Buenos Aires, y fallecido el 21 de abril de 2011. Se dedicó a la docencia y colaboró en varias publicaciones de poesía. Fue, además, director de la publicación León en el Bidet. La revista Omero/poesía le dedicó un número monográfico con antología: Vámonos con Pancho Villa y otros poemas, en 2002. Colaboró regularmente desde su fundación en la revista “Hablar de poesía”. Fue autor de numerosos ensayos sobre literatura argentina y realizó versiones de poesía inglesa en la colección “Traducciones del Dock”.

Obras: Palabra sola,En sombra de elegía,Solos de conciencia,Égloga brusca,La forma humana,Canción del samurai,La verdad se mueve,Esto es así,Los nada.
Documento a revisar por autor: Puesta en música
Varios poemas de Javier Adúiz han sido musicalizados por el compositor Juan María Solare, como: Más allá del amor (mezzosoprano, clarinete, viola, cello), Mala leche (canto y piano),Tiempo (para coro), y Sombra (para coro)
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SELECCIÓN DE POEMAS de JAVIER ADÚRIZ


Más allá del amor no hay nada, sólo
penumbra de fugacidad, disperso
tiempo que se diluye en tiempo, nadie
sino miseria de nosotros mismos.

Más allá del amor ya todo, formas:
lenta memoria apenas de unos cuerpos,
una fantástica melancolía,
formas de todo lo que fue y ha sido
amante.

Del libro “solos de conciencia”, 1985

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¿Oís el río?

¿Oís el río, Okusai? No está lejos.
Tiene el sonido ambiguo de la vida.
Son como cascotitos limpiándose
con la corriente, algo múltiple.

Prestá atención. Detrás del ruido
se ve el nacimiento rudo de las cosas,
eso íntimo, desesperado, casi, casi
enorme en su notoria nimiedad.

¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito
que me pongas esa cara de tintorero
feliz. Dejate ir nomás, un poco.
¿O vinimos nada más que para esto?

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Piercing


1

Hijo, qué sorpresa me das
con ese sólido arito colgándote del iris.
Pasear un cuerpo atado a las pulsiones
es inquietante sí, por lo que sabe
a revuelta generacional...
Lo nuestro fue más ensoñado siempre.

¡De verdad!, no creo que hayamos sido
unos ilusos mejores o peores. Que yo sepa
el sol salía igual que para ustedes
mientras el mar batía los acantilados.
Fuimos masacrados nada más.
Quiero ser directo, disculpame.
La diferencia radica tal vez en los matices.
Como ayer, la historia hierve como ácido.
No te rías. Por qué buscar solución
en la materia, si la cuestión del espíritu urge.
Pero es cierto, no tenemos casi derecho a importunar:
la ley del fracaso no levanta la voz.

Aun así, guarda un vago consuelo
sostener pensamiento sobre casi todo.
Opinar fue la forma de ser libres. Sí,
más mentira para más verdad...
No me pegues. Nadie te quita la palabra
aun cuando sea tan gestual lo tuyo.

Y no sabés, querido, cuánto reconforta
que hayas resuelto confiarme el sueño.
..........Aplicarte un ancla en el escroto
no suena nada mal, habida cuenta
que parece otro gesto sobre el aquí y ahora,
esta turra injusticia que nos ahoga a todos,

eso tanto más viejo que nosotros,
que vos y yo.


2

Viejo, siempre en estado de pancarta.
No entendés nada. (Tampoco hay tanto
que entender, poner el cuerpo nada más.)
Me hablás de espíritu. De qué espíritu
hablás. ¿No ves que eso de ser libre
brilla sólo en tu baldosa? ¿No ves
la radiación por todas partes?
Vivís entre abstracciones. No quiero ir
a tus libros ni al pasado. Entre otras cosas
porque ahí estás vos y tu ficción
de perdedores. No quiero terminar
llorando y ¿sabés?,
me voy a perforar el cuerpo y pintar
la carne hasta que se me dé la gana.
Digo,
¿por qué no fumamos uno de los buenos
y la seguimos disueltos en el humo?

....


El nadador

Las últimas piletas son agrias. Llueve
tanto o más de lo pensado, aun
cuando los jazmines revienten
y las enredaderas se aúpen a los árboles.
Créeme..., no se puede creer. Los huesos
hablan y el animal afina por debajo
una canción indescriptible. Igual,
no se quiere dejar de sonreír.
Hay algo en los recuerdos, vale decir,
en el seco ahora, en el puro y desaforado
ahora, que no importa demasiado
si el resto se vuelve confuso y breve,
fragmentario. Lo interesante está aquí,
en este aquí del tiempo, aunque la casa
finalmente esté sola... o vieja... o devastada.

para Jorge Olivero

Del libro “La verdad se mueve”, 2004
....


Palabra de honor


Antes de irme
voy a colgar la ropa
en una percha

del libro “Canción del Samurai”, 2008

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Es que ser porteño, hijo de españoles, tiene lo suyo...un ánimo elegíaco que busca sentido contra el repique de las castañuelas. El tango de un lugar en ruda mutación. En esas condiciones, cada palabra que surge, vive solamente si se modula desde la herida central, y hace ilusión compartida: un país abstracto, en silueta de mujer que siempre se está yendo con otro y nos deja amasijados sin misericordia. Allí, entre los pliegues de esa melodía, oír es empinar el trago de una larga desdicha - encubierta bajo un aspecto resistente, claro.


A cada rato
Alaridos del viento
Diciendo qué

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Pero no existe el país. En todo caso lo tangible son estas ciudades enormes que, como los principados de antes, agitan aquella misma pulsión por ser, la bandera roída del deseo. Rosario, Mendoza, Salta, Bahía Blanca, Córdoba, incluso La Plata o cualquier otra, pujan por encontrar un destino ajeno a Buenos Aires, esta múltiple cabeza tecnológica, suma de la soledad y del orgullo que nos desgarra a todos. Tal vez una carencia de orden mestizo, reinventada en cada vuelta de esquina, cada historia, contra el viento blanco de la precariedad.


Aquí también
Mordisquea su sueño
La pobre rata
....


Los pasillos de Dios...El cielo de la capital se organiza en retazos. Durante el día cae en bloques celestes o grises, amarrado a la forma neutra de los edificios. En la noche, no muestra sus estrellas, a menos que las busques denodadamente, perforando las luces de artificio, esa iluminación del alma colectiva. ¿Qué ven los ojos errantes y múltiples que no vean los tuyos? ¿Qué significado bruto y ominoso te anticipan? Hasta donde la vista alcanza, el horizonte está hecho de civilización indiferente.


Hurgan el cielo
La bóveda celeste
Estos anteojos

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Me podrás decir, empero: ésta es la casa de la vida.


Un país por favor
Aquí y ahora

para Marcelo Ortale

del libro “Esto es así”, 2009

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Alabanza*

Yo, Masaoka Shiki, me jacto:
he venido a dar testimonio de lo que va a pasar aquí
y ahora
en esta choza flotante sobre el páramo
donde voy a agotar los máximos placeres
de la vida:
la salvia y el romero
y esta luna escarchada que cede
hacia el oeste…

Viva el asombro de cada día vivo
Viva el asombro de una compenetración
Que hace de sí una voz invicta
la invicta melodía…

*El poeta canta cada línea del poema, como si en esa melodía encontrara una secreta victoria personal

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Formas del yo


Probemos vanguardismo, hagamos ensayo
del poema sin perderlo. Reflexión emotiva,
imagen cartesiana, donde la razón se encienda
al par de la razón natural: los cuatro elementos,
casi como filosofía de la composición. Pero ojo,
que no se advierta. Que el buen lector la incluya
en su flujo de ego multiforme: la ficción fija
de este juego que hace el escritor, el que también
se presta a un viaje hacia adentro que es afuera.

Sin lector no hay literatura y menos poesía, dicen,
la alta compañía para algo o alguien que respira
solo, y espera ser comprendido, hasta entender
de una, que vive en algo más que él, que ¡apenas
él!. Que le pulula por dentro, homólogo a lo externo.
Pero del Yo hablo: el tema. Ese equívoco múltiple
e ignorado, como Proteo; o para darle a la mudaza
un símil pop y modernositud: ese alien, ese hulk
o bien, esa cajita ruso-china de vívida mamushka.

A mi ver, y muy en tosca hipótesis, somos reactivos.
Lo que llamamos Yo es sólo un peso del ánimo,
la industriosa fantasía que lame nuestra pena,
hecha de dolor objetivo y la figuración que portan
las palabras, en distancia insalvable con la cosa.
Ahí empieza la tragedia torpe de la incomprensión,
los abismos dispares o blandos que por humor altivo
asimilamos a nuestra valiente comedia de existir.
Digo: ¿si a uno, el otro no le importa?: a qué con uno.

Y empieza la encerrona. El aire es aire, respiración
de la especie, pero en concierto, metáfora introspectiva
de matices que pelean por la nominación, en donde topa
contra patéticos tropiezos. Quién habla a quién, si
“quien” es otro y otro y otro, a veces en mera función
utilitaria, o moralidad grotesca transmitida. Un reactivo,
pero dulce, por la legión de compañeros que lo viven
en el limitado cuerpo que atraviesa la llanura fértil
o seca, donde nieva o llueve parejo al día de su ficción.

Es que somos de cuento, como la tierra que para todo
sirve, para un barrido como para un fregado, muñecos
turbios de un deseo primal, el instinto de base velador
o ansioso para su extensa satisfacción: creerse alguien.
Es que es áspero, en la meseta conquistada de lo “eso”,
saber que nadie nos espera, ni la figura de un yo mismo.
Entonces ya: palabrería al palo, los proyectos, el empaque
de una carne del corazón que hace de sí las poses del actor,
arte exquisito o tan ramplón de cada quien, según le sale.

Y aquí el poeta, y su adorable tinglado de aguas de resurrección.
Si de uno para uno, la congelante pajería de buscar un estilo,
sobrevivir por amaños a una manía, que se impone al pobre lector.
Un nominalismo para señores críticos, que en exclusiva glosan
con la momiosa capa del experto o del especialista (palabra
legañosa si las hay). Si para el otro en vez, eso que claramente
no es uno, el escribidor alcanza otra momia de útil y de dulce,
lo académico del profesor que habla y dice como si supiera,
aunque los calzones los lleve medroso, cagados por igual.

Saquemos la disyunción, la no salida, que nos encanta para
ser los tristes de nosotros mismos. La puerta está cerrada, sí.
Y qué. La mónada respira maquinaria de agitación. Es así,
pero tal un fuego que quema más allá de la experiencia verbal,
una suerte de luz que no es luz, de sonido carente de sonido,
en intuición de lo real que asoma más allá de los que nada
somos y nos constituye. Bien. A mi entender hay que ir ahí,
a esa verdad que está por fuera de nosotros, y reside oblicua
en el don de la palabra general, en construcción colectiva.

Ése es el poema, cuando el lenguaje habla por sí. Y arrastra
siglos de siglos de condición humana junto a civilización
y naturaleza indiferente. Una índole del verbo que se demuestra
muy por debajo del ego propio, tan conmovedor por cierto
porque es de uno, pero siempre fascista de bota y bigotito
pelotudo. No, el poema está en todos. Y hay un cierto deber
de hacerlo para quien lo busque y quiera. Como decía el gran
Martí: “con todos y para el bien de todos”, belleza en este cielo,
con este viento y aire abiertos, y agua y fuegos del planeta.

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El circo de las masas

La tele es una fiesta, circo y arena de las masas.
No es casual, hay que abombar, cerrar los ojos
y por la raja del párpado absorber el estímulo,
mandatos de compra y venta de equilibrio social.
Con artes combinadas, exhiben lo que sea
para mantener un orden delicado: que te dividas
y así reinar en el iris de la nada nula. Es fuerte
considerar que vivimos de acuerdo a estamentos
de consumo. Primer nivel, los usuarios compradores,
franja de la felicidad estúpida y compacta. Después,
como en Metrópolis, el escenario en sombra del abajo,
lo no visto y vivido por las multitudes, hombres
en racimo procurando su día sin poder entender.
Pero más abajo aún, los desechados. Los feos,
los enfermos, la discapacidad lacerante, lo inútil.

Una fiesta. El noticiero colorido de un programa pasó
el otro día, con narrador transido y música blandita,
lo asombroso: hubo que llevar una grúa a cierta casa
para rescatar a una obesa de su cama. Con claridad
se veía el bulto de algo que era sufriente. El error
de la naturaleza y aun así, con reflexión y ansia.
Adónde va esta cosa malograda de carne, adónde.
A quién le importa, si estamos fijos, subyugados
de tornasol local y siniestra exhibición publicitaria
dándole máquina a un afán, cuya norma es no saciar.
Qué hábiles y oscuros procesos se ponen al tablero
cuando vemos lo que vemos, distraídos de todo.
Un fascismo social, con otros gorros y entorchados,
es lo que vemos ahí. El abandono de nosotros mismos.
Sí, tal vez con apagar la tele, se venga al trote y pronto

la revolución…

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"Moon river"
(glosa)


Más de una milla de ancho, dice la tonada.
Creí que era el Mississippi, pero no,
es un recodo del río Savannah, con homenaje
al notable Mark Twain, entre otras cosas.
Un lugar visto siempre, visto y revisto
con los ojos del amor, que para mí
significan mi ciudad, mi país duro,
mi familia y amigos. Como el río dulce
de La Plata que no vemos porque lo llevamos
dentro, en la respiración y en los ojos, como
si fuera el río de la carne y lo que nos es dado
conocer. Vaya si es ancha esta corriente
para contemplarla si no con reverencia.

Río, que alguna vez cruzaremos con estilo.
Siempre estuve braceando y te aseguro
que no por poseerlo, sino darlo, compartirlo
a los otros, que en mi caso fue el poema.
Cómo no hacerlo si sentí ese empuje furioso
que me dieron tantos, cada uno a su modo.
Marechal y "El domador de caballos", el increíble
"Zona" de Apollinaire, nuestro primer hermano.
Creo que escribir es eso: llegar a la otra orilla,
a todos esos que uno no es, como dice quizás
el proverbio: la belleza está en los ojos
del contemplador, una sentencia que rueda
desde antiguo, y que en mis ojos son los de un lector
agradecido a tantos maestros que le dieron.

Río hacedor de sueños y rompe corazones,
allí donde vas te sigo y trato de entender cada onda
que me acerca y separa de la orilla
o quizá no, del infinito misterio que nos rodea
con apretura y congoja, sin ver el otro día,
o nos sumerge sencillo en el gozo de nuestros
hijos con quienes vamos braceando y descubriendo
su forma en los vaivenes de la corriente. Valió vivir
también me digo, aparte de conocer tantos libros,
para leer estos libros vivos de páginas crecientes
y ahora tan mágicos, que traen nietos con figuras
y cuentos para niños, como un futuro encarnado
de que el río siempre estará aquí para quien quiera.

Hice mi sueño con brusca incertidumbre. Hice el abrir
los ojos de mañana, para ver a otros que me hicieron
a un tiempo. A mi mujer, que honró siempre el vivir
con una acalambrante inteligencia, sin conceder
a lo dañino. Puede parecer blandengue, lo que digo
pero lo curioso: no lo es. Tomados de una mano
invisible, ambos seguimos en el río de nuestro afán,
roto el corazón tantas veces de belleza o pena sin fin.
Pero aquí mi punto, ella con una sonrisa viva en la boca,
sin ceder, en la resolución nomás de haber apostado su vida
por una sola ficha, cosa que yo no puedo afirmar
sin sentir cierto rubor. Honor entonces al río que permite.

Sí, hay tanto mundo para ver, mi bella errante compañera,
es infinita su riqueza abandonada. Recuerdo, por decir,
los caminos de España, tu compañía en el coche, con
los chicos atrás, corriendo el sueño de nosotros mismos:
la contemplación de las cosas, la naturaleza de las cosas,
el paisaje en secano, las curvas del camino, las lluvias
de Bilbao y tu Asturias querida. Eso al inicio, pájaros
jóvenes de toda juventud. Y luego aquí, al volver
a una lengua más afín, donde se pinta de otra luz el mundo.
Y más tarde, la tarde que presagia la cercanía de la noche
nadando sin parar, vagabundo de nuestra deriva mental
cada vez más honda y bonita, como tus arrugas y tal vez
las mías. Vimos el mundo y el mundo es de nosotros.
Y hay tanto para ver que no terminaría nunca de contarlo.

Los dos buscamos el final del arcoiris (qué maravilla como
metáfora de muerte) de que lo dado es por un día, efímero,
pero por fin plenario, porque lo bueno del río es que no tiene
cauce ni lecho y semeja, a cada momento, que volamos desasidos
de la propia materia, cantando la canción que esto contiene,
melodía del aire. No creo ya en la eternidad, y si la hubiera,
mejor, no importa. Cada mojadura del agua es un cielo de tierra.
El fulgor del instante que nace y que se va, que escurre sin medida
desde el fondo del iris. Este es el arcoiris a cruzar, la mera vida.

Si algo espera detrás de la curva, yo te espero o esperame. Es
de una belleza desaforada cuando andamos del brazo por ahí,
cantando la oración de los mansos, los que no exigen nada.
Y es más, son nada. Polvo de estrellas que regresan
para volverse solamente nubes: amiga, compañera del alma.

....

La Glosa


Cono ayutorio de nuestro dueño
dueño Christo, dueño Salbaptore,
cual dueño yet ena honore e qual
...dueño tiene ela mandatione cono Patre,
cono Spiritu Sancto, enos siéculos
de los siéculos. Fácanos Deus omnipotes
tal serbicio fere que denante ela
sua face gaudiosos seyamos. Amén.

Aquí el comienzo, lector, cuando el latín pelecha.
No te asustes por el gemido de una voz tan áspera,
al fin y al cabo, es nuestro son palpitante, que puja
su momento de vacilación y de deseo. Abandona
lo antiguo, que concede su gracia en los alcances
de la imaginación, y sopla a lo que viene hacia adelante.
Es el origen mínimo de la gloria, una modesta glosa
de monasterio, donde copiaban piadosos la mente
del hombre, a espejo del latín. Pero lo cierto
que era copiar a un padre viejo, ya molido de antes.
Ahora hablar era una madre, una sensibilidad distinta
de cuanto hubiera sido. El mismo sol de la mañana
buscando la arboleda donde los bueyes mugen,
y poco falta para romper la tierra en aire de renacimiento.

Ahí está, éste, el nacer de nuestra voz, la que nos hace
ver la vida en planos diversos. La metáfora del frío
como muerte, y el bello frío literal que nos encierra
en sueños y ensueños de palabras, y da calor y templa
cualquier fisura en arte de existir. Somos el perro
sin habla, la calandria, la oración del mono triste
que nos mira desde una jaula esclava. Hermanos de viaje,
hablando o no, nuestra carne busca una resurrección
que se vuelve arquitectura o pensamiento para decir.
Qué maravilla radiante, la lengua como texto del afán,
del alentar nomás, de contemplar estas ciudades enormes
por donde paseamos orgullosa soledad conjunta.
No te alarmes, parece feo, con rebarbas y espacios
a quitar o llenar, y para colmo pío, de ingenuidad.

No, no te turbes, es el hijo del padre, un alma inmensa.
Allí dormimos, descansamos. Ahí reímos y cantamos
con los ojos volados, en lo puro de lo feliz o en el empaque
de nuestros cuerpos tensados, pendiendo en el vacío,
donde también morimos. Es que eso, de morir se trata
habiendo bebido cada instante en la palabra sola,
la compañía que revela lo que se oculta abajo, bien
abajo de la historia personal y de la otra, colectiva.
Ahí está tu hijo que hace tal servicio para ser gozosos.
En su gracia, vamos todos aunque no haya entendimiento.
En lo que tiene de pasado oculto hacia el futuro, que es
hoy, cuando leés este libro, presa de vacilación y deseo.
Ojalá su belleza y su extraña verdad te agarren por el cuello
de una vez por todas. Para siempre, siempre, así sea.

del libro póstumo “Los Nada”, Ed. Del Dock, 2011