miércoles, 12 de mayo de 2010

Jorge Estrella

Jorge Luis Estrella. Nació en Zárate, Provincia de Buenos Aires el 14 de Diciembre de 1944.
Vivió en su ciudad natal hasta 1958, en Villa Carlos Paz, Pcia, de Córdoba, hasta 1973 y, desde entonces en la ciudad de Buenos Aires.
Es poeta, narrador, dramaturgo y Licenciado en Literatura Modernas recibido en 1969 en la Universidad Nacional de Córdoba.
Ha publicado en numerosas antologías y leído sus textos en cafés literarios y centros culturales.
Ha formado parte de grupos importantes como "La Luna que" y, actualmente, se reúne con "Gente de Lunes".
En 1997 publicó una libreta digital a la dio el título de "El moribundo y otros
poemtos" en donde realizó una conjunción de poemas-cuentos e ilustraciones.
Fueron estrenadas sus obras "Dulce Mamá", "Turrón de almendras", "Invasiones" y "La Pulga", que obtuvo el segundo premio en el Concurso del Teatro Gral. San Martín en 1972.
En el mes de mayo de 2010 presentó su libro de poemas "Menú Ejecutivo".



POEMAS DE JORGE ESTRELLA



DISCUTIR CON VOS

Me veo discutir con vos.
Gesticular.
Urdir ideas para desconcertarte.
Sacar conejos de la ahora no tan famosa
dialéctica.
Gritar enardecido como la hinchada
ante un fallo polémico del árbitro.
Recurrir a los relativismos.
Sacudirte con sofismas.
Abrir mis libros ante tu inocente
y encantadora nariz.
Apelar a las estadísticas.
Hincharme de indignación.
Forzar la marcha.
Arrinconarte, golpearte, violarte
con palabras.
Ahogarte con palabras.
Aniquilarte.
Herir de muerte tus argumentos.
Desnudar tus contradcciones.
Emitir el último discurso
como si estuviese ante la Real Academia.
Y lo más gracioso es que,
desde el vamos,
sé que tenés razón.



NIÑO Y POTRO SALVAJE

Niño, ese potro salvaje corre más rápido
que una Ferrari
y sabe saborear el pasto
y pronunciar tu nombre.
Míralo, con la crin desafiante,
volar por encima de los girasoles de van Goh
y los toros de Picasso.
Niño, acércate a él y acarícialo con los dientes
para que escuche la oración de tu aliento.
Míralo levantar una humareda con la espuma de su orina
hasta segar los tréboles de cuatro hojas.
Niño, móntalo como después harás con la mujer de tus sueños
y llévalo a parir centauros.
Míralo cocear en dirección a los testículos
de los danzantes demonios de la noche.
Niño, muéstrale que el horizonte es infinito
y miles de millones de años
tienden un césped azul esperando su galope.
Míralo estremecer la tierra
hasta arañar las vísceras de los seres
que se ocultan más allá de las napas de agua y de petróleo.
Niño, sécale el sudor que lo baña
y déjalo hociquear en la llanura
hasta que la sangre del tiempo se coagule.
Míralo revolcarse en las espadañas
fingiendo que la vida no es un sendero
que indefectiblemente conduce a la muerte.
Niño, despídete de él
y déjalo avisorar el futuro como un vidente
que adivinara la ubicación de cada abismo
en el confín de cada barranco.
Míralo irse lentamente volviéndose para relinchar
a los cuatro vientos de la tarde vírgen.



SUDESTADA

Memoria que no sabe de qué color vestirse.
Región donde el misterio teje las telarañas.
Pichicito escondido.
Eco de otro eco de otro eco cada vez más lejano.
¿Había sudestada?.
Gusanos de la noche me robaron el día.
Un paisaje entre nieblas es un álbum quemado.
La canoa.
Su grito.
Pretérito paisaje de fantasmas sin norte.
Caperucita herida.
Los tábanos volando en medio de la lluvia.
Su nombre...
Los remos como dagas hundiéndose en las olas.
Nadie llega.
Inasible recuerdo que palpita hecho añicos.
El camalote sabe cuando crece el espasmo.
¿Dónde han ido los corchos?.
La novia se encamina hacia un altar con agua.
No hay silencio que aguante los embates del viento.
Los ángeles ahogados.
Las mantarrayas vuelan.
La soledad recuesta su cabeza en la almohada.
Los ceibos se retuercen.
Las tacuaras se tensan.
Un cenital alumbra la canoa y el grito.
La procesión se pierde entre paisajes
hoscos de huidos pichicitos.
El nombre...
No me acuerdo.
La hora de los juncos arrancada de cuajo.
Había sudestada.


ESTE CEMENTERIO

¿Cómo llegó aquel muerto a este cementerio?.
Son notables los ojos –es decir la mirada-
que descansa sobre las cosas
como gotas de rocío en los pétalos.
Y también la sonrisa
que sobresale de los pliegues de la mortaja
y alegra los nichos y las fosas comunes.
¿Quién lo depositó con la elegancia en ristre
y la pulcra energía que le canta a las rosas?
Yo me detengo a velo –cuando voy por mi padre-
y se me va la tarde admirando su porte.
¡Qué muerto tan gracioso, tan viril, tan enhiesto,
tan señor, tan gallardo!
Contradice a la muerte con su sola presencia
pero no resucita
porque es un muerto vivo que nos hace vivir.
Yo me baño en sus ondas como en un Atlántico
rodeado de cruces, de lápidas, de olvido.
Él vence a su contexto y nos salta en las manos
con una flor de ensueños y un poema de notas.
A veces me pregunto si, en estos tiempos raros,
la verdadera vida se hospedará en las tumbas.
Pero yo me contesto que sólo es este muerto,
este único muerto,
el que ofrece miradas como gotas de rocío.
Los demás están cómodos en sus lechos de nada
y no emiten mensajes ni da gusto mirarlos.
Son cadáveres ciertos
que se atienen a reglas propias de los cadáveres.
Mi padre, por ejemplo, ni siquiera se asoma
cuando me paro enfrente de su sólido nicho
y yo entonces recuerdo y la vida es memoria.
Pero este muerto vivo está vivo en su muerte
y, orgulloso y festivo,
se muestra como ofrenda de un festín de verano.
Es un sol entre hielos pero que no derrite
sino que se demora en dar luz y calor
y lo hace con la elegancia de un desfile de modas.
A veces tengo ganas de averiguar su nombre,
su destino, los pasos que dio para llegar a esto.
Pero prefiero anclarme frente a su mausoleo
ignorando el pasado y gozando el presente.
Me cargo de sus fuerzas, me empapo de su lumbre
y me voy por las calles largas del cementerio
rumbo a mi purgatorio.


EL CAJÓN

El recién nacido miró los muros,
los extramuros,
los arabescos del acolchado,
las jeringas,
los titulares de los diarios,
la televisión,
los apuros.
Sintió la soledad,
la espera,
el hambre
y lloró.
Como respuesta
vio, ante su boca,
el seno de su madre.

Pocos años después el padre le dijo:
“Quiero que entiendas que, cuando seas grande,
adulto, mayor, no tendrás siempre a mano
el seno de tu madre.
Soy yo, tu padre, el que debe darte las pautas,
señalarte el camino, ser patrón de medida,
ejemplo, modelo”.
Abrió un cajón,
le mostró a su hijo un arma
y se disparó un tiro en la sien.
El niño se refugió llorando
en el seno de su madre.


LA VIDA

Heredé la inercia,
la pasión, la duda,,
los miedos, la nostalgia,
la desazón, el canto.
En realidad,
la vida
es una enfermedad hereditaria.



PÁJARO MUERTO

No quiso oír la vida que cantaba
porque tenía un pájaro muerto en su follaje.
Le puso una vela al viento del Oeste
para poder navegar en la tristeza.
Del otro lado del río le gritaron
que se uniese al escándalo del ágape
pero usó las raíces como ancla
apretando su angustia contra el pasto.
Vio a las hachas pasar hacia otros parques,
vio a los niños correr hacia otros juegos.
Se entretuvo en dolerse del dolor que se expande
como un incendio de bosques.
No quiso hablar de la ternura
aunque varios discursos se le agolparon en la garganta.
¡Tantos trinos bordados con tantos soles!

De pronto,
se interrumpió la fronda
como el tránsito ante un hecho imprevisto.
Y aparecieron
con sus ramas rotas,
con sus troncos torcidos,
con sus ramas en flor,
con sus troncos enhiestos,
flotando en las alfombras de sus propias raíces,
aparecieron todos los bosques
a través de esos árboles
que, en silencio, llegaban
a darle condolencias por su pájaro muerto.


CAJERO DE BANCO

Soy cajero de banco.
Las perras olfatean el círculo gris de la histeria encerrada.
Las luces desconfían de mi sonrisa inmóvil.
El gerente mira mis manos temblorosas.
Los buitres esperan mi muerte prematura.
Los días son flechas disparadas al aire.
Conozco a una muchacha que enloqueció de veras.
Me hago amigo de un colega, poeta como yo,
que en su casa tiene un enorme criadero de silencios.
Una tarde decidimos descubrir Europa
y subimos a un cheque volador
pero no llegamos lejos.
El gerente le ofrece un crédito a la tristeza de las paredes.
Una mañana una mosca se posa sobre una boleta de depósito.
Otra mañana tomo el café un poquito frío.
Y los días se suceden en el sello de goma.
¿Debo hablar del faltante?


ELLA

Ella besa los astrolabios del silencio.
Bebe los deseos de Hamlet.
Mira el degüello crepuscular del kabuki
en los ojos de los hijos de Medea.
Resuelve el rompecabezas de Picasso.
Baila la danza de los siete velos
sin ninguna cabeza entre las manos.
Descubre mis hambrientos de Calcuta.
Amasa para ellos un pan hecho de algas y madreselvas.
Descubre la castidad más íntima de mis prostitutas.
La ignorancia más supina de mis sabios.
La corrupción enquistada en mis transparencias.
El túnel de topo de mis ansias.
Ella besa los astrolabios de la música
y me ofrece una fuga enamorada.
Ella nunca olvida ni perdona
pero no se detiene.
Va hacia el alba, se acomoda en las flores
y, pródiga de néctar,
amamanta el misterio de las abejas.
Ella no se detiene, va hacia la noche
y humedece de semen mis palabras.
Va hacia los atrios con la plegaria múltiple
de una rama de olivo.
Va hacia las ruinas pensando en el futuro.
Sabe destapar una botella.
Los que se desayunan con veneno no la comprenden.
Lo único que les pido es que no la hagan llorar.
El tejido de sus fuerzas es una mezcla de mármol
y de lágrimas.


ABSURDO

Estoy en mi cama
y veo dibujarse las figuras
de una mujer desnuda y una computadora.
Otra mujer entra con los cabellos blancos
y un antifaz de zorra.
El silencio se enreda en los tilos
de un camino que conduce al placard
donde están mis polillas.
Una cigüeña deja un recién nacido en mis brazos.
La mujer zorra se lleva al recién nacido
y entre mis brazos florece una magnolia.
La mujer desnuda me despoja de la flor
y se la ofrece a la computadora.
Un ser invisible juega a la rayuela
cerca de la ventana.
Un gorrión oficialista hembra
se sienta sobre los bigotes de un gato amarillo.
Una tía entra preguntando de quién es tía.
La cigüeña y el gorrión cantan, a dúo,
un solo de calandria.
Mi mano derecha cambia de sitio con la izquierda
y paso a ser diestro por un rato.
El ser invisible, luego de contemplarse en el espejo,
baila con los senos de la mujer desnuda
un pasodoble triple.
Mi cerebro soluciona
lo que nadie espera que sea solucionado.
Mi médico me visita por teléfono
y me dice que me siento mal
porque estoy bien.
Una paloma cruza por mi ángulo de visión.
El filo del silencio ha cortado la punta de mi dedo
Y le pongo una curita de música barroca.
Los ojos de la mujer zorra se miran a sí mismos.
Mi pullover importado sufre un ataque de epilepsia
y es atendido por una percha criolla.
El recién nacido mira la sombra de los días.
Los árboles pintan una arboleda otoñal.
La tía opina que ahora hay más.
La mujer desnuda entra en mi cama.
La computadora huele a magnolia.


CORAL

Germinó tu novena coral en el bolsillo de mi campera gris.
Tu alegría de amarnos hizo que sólo la pobreza de los otros
tuviera el sabor de la pobreza.
Las frutillas en tu boca, las blusas cibernéticas,
las cuentas a pagar, los pies helados.
Recuerdo cuando quisimos adoptar un niño
y no admitieron nuestro amor sin papeles.
Imbéciles.
Yo sé que todo es relativo.
Hasta la relatividad.
Pero son absolutas las frutillas de tu nombre
en el delirio de mi campera
cuando las notas de las cuentas a pagar se han dormido
y la alegría coral de tus blusas cibernéticas
invaden el silencio de la espera del niño que no adoptamos, etc.



HOY RECIBO A MIS MUERTOS

En la sala adornada con glicinas,
hoy recibo a mis muertos.
Mi padre trae el cabello endomingado
y un aire de Gardel entre los dientes.
Se ha sentado cerca de la chimenea
y juega con los témpanos del tiempo.
Lleva una corbata
en donde luce el rojo sangre
su altivez nativa.
Me habla de su vida en la muerte
mientras una corvina lo mira de reojo.
Hay un mirlo dormido en su hombro izquierdo,
el que recuerda la mano de mi madre.
Un surubí le sirve una pierna de carnero.
Un zorzal le lustra los zapatos.
Una culebra bebe agua en su vaso.
Un sarmiento se enrosca en su meñique.
Un cangrejo le baila un chamamé.
Un biguá lo perdona.
Junto a él, mi hermana vuelve a su jardín.
¡El jardín de mi hermana!.
Lleno de sol y nubes y estaciones
con algunas corolas de entretiempo.
Las espinas del rosal torturando al taco de reina.
La tarde haciendo su siesta
recostada sobre el muelle plumaje de un colibrí.
El centauro, el unicornio y hasta la amapola.
Una violeta en un rondó de tréboles y una margarita.
Mi hermana cuenta cómo crecieron un automóvil
y una orquídea de piedra.
Ríe al recordar el sendero de prímulas y rododendros.
Llora al recordar el día en que se subió al automóvil.
El centauro retozaba en los pastos del macho cabrío.
El unicornio contemplaba extasiado
el agua del manantial sagrado.
La luna era una abeja sobre la amapola.
El automóvil entró en la curva de la flor de ceibo,
derrapó y fue a dar contra la orquídea de piedra.
Tres simpáticos ángeles cerraban el cortejo.
Mi hermana concluye su relato
y una mariposa de papel se posa en su silencio.
Mis tías muertas aprovechan para cantar a coro:
“Funiculí, funiculá”.
Yo sirvo el postre.


VARIANTES IMPREVISTAS

Serenidad de un tiempo en el lejano horizonte
donde las manos guardaban guijarros
y las violetas atestiguaban
la sencillez cósmica de la vida.
Mi hermana enarbolaba su angustia
como si fuese la bandera de una escuelita
derruída.
Mi madre pelaba una papa
intentando descifrar el misterio último.
Mi padre tejía una red
para atrapar su propio sueño rey
inatrapable.
Mi hermano utilizaba su tesón
para desmoronarse
y abrirle la puerta de par en par a la duda.
Yo comenzaba a aislarme en las metáforas
como en un profundo autismo.
Los gatos y los perros desgranaban su instinto
en anécdotas de una ingenuidad escalofriante.
Todo parecía encaminado a ser así para siempre
hasta que aparecieron variantes imprevistas.
Mi hermana murió el día en que fue a la montaña
para ser feliz.
Mi madre ya ni pela su papa.
Mi padre quedó atrapado en la red de su sueño.
Mi hermano pescó una convicción
con la red de mi padre.
A la isla de mis metáforas
ha llegado la realidad de una mujer.