miércoles, 12 de mayo de 2010

Fernando Sánchez Zinny

Fernando Sánchez Zinny. Nació en el barrio de Palermo (Buenos Aires, Argentina) en 1938. Es poeta, traductor, asesor y crítico literario.
Fue secretario general de la revista Adventus entre 1968 y 1970, orientador de talleres sobre poesía, codirector de la Editorial Glaux entre 1967 y 1971, y de la Editorial Encuentro entre 1976 y 1978, en la que dirigió la colección Ritos, dedicada a la producción lírica.
Comenzó su vinculación con el periodismo profesional en 1964, como libretista en Radio Provincia de Buenos Aires; tras cumplir funciones similares y de conducción de programas en otras emisoras, y de colaborar en diversas publicaciones, en 1971 ingreso a la redacción del diario La Nación, en la que permaneció hasta 2003, desempeñándose en el momento de su retiro como editorialista.
Desde 1992 es miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo, en la que ocupa el sillón José Hernández y de la que se desempeñó como director de publicaciones.
Ha compilado, prologado y anotado obras, entre otros, de Bartolomé Mitre, José Antonio Wilde, Estanislao del Campo, Olegario V. Andrade y Robert Cunninghame Graham.
Es autor de las letras del “Cielito de los Corrales”, música de Alejandro Distéfano, del “Cielo de Parque Patricios”, música de Selva Pérez y de “Décimas para una despedida”, música de Pancho Navarro.
En el terreno de la investigación folklórica es autor de trabajos sobre el refranero y el vocabulario gauchesco, Gregorio Alvarez y el sentido de las antigüedades neuquinas, y la supervivencia de los idiomas aborígenes.
Colaborador frecuente de “El rincón gaucho”, columna dedicada a ese tema en el diario La Nación y de otras publicaciones, lo aborda tanto en lo referido a cuestiones de erudición como evocativas y de carácter bibliográfico.
Ha integrado, además, la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Escritores y es, en la actualidad, prosecretario de la Fundación Argentina para la Poesía.
Es autor de varios libros de poesía, entre los cuales se menciona: “Ofrenda a los dioses fugaces” (Losada, 1968); “Renacimiento y otros poemas” (Losada, 1971); “Segunda poesía” (Confluencia, 1998); “Éxodo” (Dunken, 2000) y "Primera Poesía (Dunken, 2010).
Merced a ellos obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes, la faja de honor de la SADE y el tercer premio de poesía de la ciudad de Buenos Aires.



POEMAS DE FERNANDO SÁNCHEZ ZINNY


AUGURIO DEL MAR


Las mujeres no ven el revés del poema,

la nostalgia perpetua que accede con la brisa

a este interludio de lo que insistirá mañana.


Ignoran que también yo tuve deseos de ser y de amar,

dejar atrás la playa y salir a la espuma

que el sol reparte en algas y en canciones...


Estoy tan lejos hoy aunque la voz perdure,

y tan cerca, también, que no podrías

distinguir mi silencio entre los muchos

que acuden a esta añil demora

en que se morigera el día.


En su reparo abruman otras voces, idénticas

a aquel rumor que agita

los álamos en pena.


Es el regreso desde una batalla antigua

que fluye en resplandor de ventura y derrota.


Toda mi vida ha sido un sueño

igual que el tuyo:

senderos que se pierden, caminos en el bosque.


Ambos hemos soñado el mismo enigma,

o acaso nos soñó

la eternidad del fuego.


Te amaba entonces, te amo ahora,

porque el cielo no cesa

y el infierno tampoco.


Oye la caracola que te he dado:

contiene el mar que no hemos visto,

el mar que nos espera.



PARA EL FELIZ OLVIDO


¿Perdonarás un día que sea como soy?

¿No llegarás a odiarme, como acaso merezco,

ardido de emoción, de temor y de orgullo?


He leído en vestigios el destino que traigo

y es inútil volver sobre cosas sabidas

que el pertinaz silencio se llevó como siempre.


Algo, en cambio, te ha hecho para el feliz olvido,

mujer de un nocturno en tules vagarosos,

exenta de pasión y de desesperanza.



EL CANTO Y EL ECO


Ni aun me queda el canto,

tras haberse ido

una y otra moneda,


Aunque subsiste el eco

de ciertos nombres

hallados en el viaje.


Engañan: uno cree

que son tus manos

la blancura que llega


Inconsolable, herida,

la ilusión dura

porque el eco es un canto.


En el deslinde, aún

dice tu elogio

en embriaguez de lumbre.


Porque he pedido tanto

que sólo es sal

este puñado de oro.


Ahora, en la partida,

todo es un eco

de aquel adiós del canto.



ULTIMA THULE


Oímos retumbar los cascos del galope

cubriendo la llanura que se extiende

hasta donde se oculta el sol

y los relojes callan.


Felicidad, vorágine, inteligencia del mundo,

tibia obsesión en alas de sortilegios nuevos

sobre el sinfín de cárceles,

de resabios, de itinerarios, de leyendas

de un follaje inmensamente

dorado entre las ciencias penumbrosas.


Hace un alto el jinete, duda a los cuatro rumbos

y adivina el destino en azarosa encrucijada

hacia aquellas provincias

en que se inicia la locura.


El resto es pura oscuridad,

guarida de la muerte


La luz se filtra hasta el insomnio

por las hendijas de la puerta,

en cauta ceremonia imperdonable,


Afuera yace un cuerpo o suave castidad,

arrojada a los matorrales

en que ventean furias recelosas y ajadas.



ARS AMANDI


Por donde quiera que me huyas te sigo

y a veces nos hallamos y miramos,

pero hago mal en encontrarte,

pues si conforta el fuego amanecido,

hasta la carne quema el hielo del verano.


Espantoso castigo es éste

de hallar dolor en lo que se ama:

secreta fantasía, argucias de Juvencia

desde horizontes calcinados.


Reciente tenuidad de los delirios

que alejan y que exaltan.


Esta prisión no quiero pero es toda mi vida

y si a alguien lo asombran sus largos pasadizos

es porque ignora que el amante es más que humano

cuando está de rodillas y no tiene ataduras.


No crean que me escondo de mi sombra

ni que haya presagiado esta aridez

ante la que el placer pasa como un esquife distraído.


El canto con muchachas y señuelos

está muy lejos; Dios no existe y el honor fabula

y, sin embargo, la armonía

descascara suavísimas endechas

y una sonrisa alumbra entre las lágrimas.


Y el mundo se solaza y transita sus ruinas

con pasos de esperanza inmarcesible,

adherida a los pétalos

caídos de una floración antigua.